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La Libertad Religiosa en el Compromiso de la Iglesia Católica

[Texto del artículo]

31 Marzo 2015
Categoría: Libertad Religiosa
Autor: Mario Ángeles Ramos
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Uno de los más grandes desafíos que se propuso para sí misma la Iglesia católica en el Concilio Vaticano II fue el del ecumenismo, al que siguió en un horizonte más amplio el diálogo interreligioso y, finalmente, culminó como una exigencia natural y necesaria, el reconocimiento de la libertad religiosa.

Cada uno de estos temas: ecumenismo, diálogo interreligioso y libertad religiosa, concluyeron en sendos pronunciamientos oficiales, traducidos en los tres documentos respectivos que se han convertido en los más audaces y, al mismo tiempo, los más complejos para su asimilación y realización: el Decreto sobre el Ecumenismo Unitatis Redintegratio, la Declaración sobre las religiones no cristianas Nostra Aetate y la Declaración de la libertad religiosa Dignitatis Humanae.

Los tres temas concretizados en estos documentos fueron objeto de intensa y acalorada discusión en las sesiones conciliares por lo que llegaron a ser ampliamente ponderados hasta su redacción final. Precisamente el que se refiere a la Libertad Religiosa fue el último en aprobarse, el último día del Concilio (7 de diciembre de 1965), como fruto significativo y ejemplar de la gran apertura de horizontes y criterios alcanzado en ese momento por la Iglesia Católica.(1)

La Iglesia se comprometió desde entonces, ante el mundo contemporáneo, a ser defensora incansable de uno de los derechos fundamentales de la persona y la sociedad, poniendo con ello las bases para una convivencia más pacífica en un mundo cada vez más comunicado e interdependiente, con su diversidad y pluralismo cultural y religioso.


Contexto del mundo moderno
El rechazo explícito que hizo Pío IX y después los siguientes pontífices contra la afirmación del racionalismo y el indiferentismo del siglo XIX y XX, sobre la libertad religiosa, cambió radicalmente con Juan XXIII y el Vaticano II. Mientras que Pío IX en la colección del “Syllabus” expresa que debe ser considerada como un error la afirmación de que “todo hombre es libre de abrazar y profesar la religión que, guiado por la luz de la razón, tuviere por verdadera”,(2) ahora, con nuevas categorías hermenéuticas y en otro contexto, la Iglesia Católica se compromete a defender esta libertad, considerada incluso entre los derechos principales de toda persona humana. La postura anterior respondía a un contexto racionalista que buscaba no solo desconocer a la Iglesia Católica como tal, sino sobretodo, hacer a un lado la religiosidad en general, negando la trascendencia y el valor espiritual del hombre, de allí esa reacción tan decidida del Papa Pío IX; en cambio, la postura actual de la Iglesia quiere apoyar el humanismo que recupera el valor trascendente del hombre y la validez de la búsqueda de Dios, manifestado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos promulgada el 10 de diciembre de 1948. Entre las resoluciones de esta Carta de derechos universales de la Organización de las Naciones Unidas, encontramos en su artículo 18 el siguiente enunciado:

 

  • Toda persona tiene el derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o creencia, individual o colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.


En un contexto internacional nuevo y en una dinámica cultural distinta, la Iglesia Católica se identifica plenamente con este principio y lo hará extensivo para el mundo contemporáneo en sus acuerdos y deliberaciones del Concilio, donde declara que la libertad religiosa “consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas particulares como de grupos sociales y de cualquier potestad humana; y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos”.(3)

Y va mucho más allá el Concilio al afirmar que el fundamento de esta libertad está en la misma dignidad humana, por lo que hunde también sus raíces en la revelación divina, que siempre respeta el acto de fe como una expresión de la auténtica libertad humana.(4) El modelo para comunicar la experiencia religiosa es Jesucristo, en quien se da plenamente la presencia de Dios y, sin embargo, “renunciando a ser el Mesías político y dominador por la fuerza (cfr. Mt 4, 8-10; Jn 6, 15) prefirió llamarse Hijo del Hombre que ha venido a servir y dar su vida para redención de muchos (Mc 10, 45)”.(5) Ha sido con su palabra y con su testimonio como ha podido atraer y convencer, siendo la cruz el signo más elocuente de Dios para nosotros y la máxima expresión de respeto a la libertad del hombre, a fin de que su adhesión pueda brotar de la aceptación y del amor (cfr. Jn 18, 36-37; Jn 12, 32). Y si bien la comunidad creyente no siempre ha sido coherente con este principio de Cristo y el Evangelio, “no obstante –dirá la declaración Dignitatis Humanae–, siempre se ha mantenido la doctrina de la Iglesia de que nadie sea forzado a abrazar la fe”.(6)


Las enseñanzas del Magisterio contemporáneo

No es necesario enumerar las distintas expresiones del Magisterio desde el Concilio hasta nuestros días, baste señalar algunos ejemplos significativos del más reciente. Juan Pablo II se ha expresado ampliamente sobre el tema en su Encíclica sobre la permanente validez del mandato misionero“Redemptoris Missio” (La misión de Cristo Redentor) en 1990.

La libertad religiosa, dice Juan Pablo II, “a veces todavía limitada o coartada, es la premisa y la garantía de todas las libertades que aseguran el bien común de las personas y los pueblos.Es de desear que la auténtica libertad religiosa sea concedida a todos en todo lugar; ya que con este fin la Iglesia despliega su labor en los diferentes países, especialmente en los de mayoría católica, donde tiene un mayor peso. No se trata de un problema de religión de mayoría o de minoría, sino más bien de un derecho inalienable de toda persona humana”.(7)

Es de llamar la atención lo que afirma Redemptoris Missio: que allí donde la Iglesia es mayoritaria, es donde ha comenzado o debe comenzar a trabajar porque se dé este reconocimiento pleno para todos. Más aún, no se trata de mayorías o minorías, sino de un derecho para todos. Lo mismo, donde es una pequeña grey, no cejará de recordar este derecho inalienable de cada persona, por ello dirá en Ecclesia in Asia (en 1999) con un tono crítico que “algunos países reconocen una religión oficial de Estado, que permite poca libertad de religión a las minorías y a los seguidores de otras religiones, y a veces ni siquiera se la permite”.(8) Esto, por supuesto, se refiere en el contexto asiático a las dificultades de la Iglesia para evangelizar, especialmente en los países musulmanes o donde se establece el hinduismo; pero la Iglesia está empeñada en no hablar sólo para sí misma, en donde no se ha podido desarrollar, sino como una convicción de su tarea en bien de todos.

Lo dirá con toda claridad delante de regímenes violatorios de los derechos humanos, como lo hizo en su visita a Cuba en 1998: “Cuando la Iglesia reclama la libertad religiosa no solicita una dádiva, un privilegio, una licencia que depende de situaciones contingentes, de estrategias políticas o de la voluntad de las autoridades, sino que está pidiendo el reconocimiento efectivo de un derecho inalienable… no se trata solo de un derecho de la Iglesia como institución, se trata de un derecho de cada persona, de cada pueblo. Todos los hombres y todos los pueblos se verán enriquecidos en su dimensión espiritual en la medida en que la libertad religiosa sea reconocida y practicada”.(9)

La doctrina de la Iglesia ha profundizado sobre la libertad religiosa a partir de sus bases antropológicas y jurídicas que deben ser observadas por los Estados y gobiernos más allá de ideologías o regímenes políticos.


Nuevos interlocutores
Sería interminable hablar sobre esta doctrina firmemente defendida por el papa Benedicto XVI desde sus reflexiones como teólogo y Prefecto de la Doctrina de la Fe,(10) en coherencia con la misión de la Iglesia desde el Concilio Vaticano II. Lo que sí conviene señalar es el cambio de interlocutores entre Juan Pablo II y el papa Ratzinger. Mientras que el primero visualizaba todavía los regímenes políticos totalitarios, inspirados en el materialismo dialéctico de Marx, Benedicto XVI se enfrenta a la dictadura del laicismo y el relativismo postmoderno del pensamiento débil.

Es cierto que en muchos lugares todavía hay verdadera persecución religiosa violenta, causando la muerte de inocentes por el sólo hecho de querer vivir su fe. Una parte del continente asiático y del continente africano siguen siendo escenario de agresiones muy dolorosas. Sin embargo, en otros lugares la persecución es más sutil, ya que se busca anular ideológicamente a quien quiera orientar su vida con valores religiosos. Entre estos lugares debemos mencionar desafortunadamente al continente europeo, donde se ha desatado una campaña contra los signos religiosos y contra cualquier ingerencia de las personas que tengan valores religiosos en las políticas públicas, con el pretexto de la defensa del Estado laico, cuando en realidad se trata de la dictadura del laicismo sobre una gran parte de la población que vive con principios religiosos y con una concepción trascendente del ser humano.

El papa Benedicto XVI, siempre atento a los grandes problemas del mundo, siempre oportuno en su reflexión buscando soluciones, ha dedicado su mensaje con motivo del día de la paz de 2011, que la Iglesia celebra el día primero del año, al tema urgente de la libertad religiosa. El título es ya toda una propuesta: La libertad religiosa, camino para la paz. La verdadera libertad religiosa compromete a todos, creyentes y no creyentes a un respeto mutuo sobre las distintas convicciones y a valorar los distintos puntos de vista sin lo cual no se da una auténtica democracia, respetuosa del pluralismo. Con mucha agudeza escribe el papa Ratzinger: “La misma determinación con la que se condenan todas las formas de fanatismo y fundamentalismo religioso, ha de animar a toda forma de hostilidad contra la religiosidad, que limitan el papel público de los creyentes en la vida política y social. No se ha de olvidar que el fundamentalismo religioso y el laicismo son formas espectaculares y extremas de rechazo del legítimo pluralismo y del principio de laicidad”.(11)

Si el respeto a la libertad religiosa es camino para la paz, quiere decir que todo ciudadano creyente tiene derecho no sólo a vivir personalmente conforme a sus principios religiosos, sino a ser respetado cuando se expresa públicamente con ellos, para que pueda colaborar positivamente en la construcción de la sociedad a la que pertenece.


El Estado laico
Para la Iglesia católica queda muy claro que el Estado es una estructura de gobierno al servicio de todos los ciudadanos y debe tener su autonomía con respecto a otras estructuras e instituciones, entre ellas también de las instituciones religiosas. Ha sido también el Concilio Vaticano II el que ha expresado con mayor claridad esta doctrina de la Iglesia plasmada en el documento Gaudium et spes donde dice, entre otras cosas, que la “La comunidad política y la Iglesia son entre sí independientes y autónomas en su propio campo. Sin embargo, ambas, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social de los mismos hombres”.(12) En otras palabras, se trata de la famosa “separación de la Iglesia y el Estado” como un principio de salud social y política para ambos.

Se ha llamado Estado laico en las distintas constituciones políticas de los países modernos a esa separación y autonomía que las estructuras políticas deben tener de los aspectos religiosos, más aún, es una forma de señalar que un Estado en concreto, no se identifica con ninguna religión en especial, sino que debe garantizar el derecho de todos los ciudadanos para profesar las distintas convicciones religiosas con toda libertad. De aquí nace también el principio de la libertad religiosa, entendida como uno de los derechos humanos fundamentales, que no toca al Estado “otorgar” sino reconocer y garantizar.


El caso mexicano
México no ha sido ajeno a los distintos movimientos ideológicos desde el siglo XIX, pero los ha vivido de manera muy peculiar. Después de la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma donde se establece la separación Iglesia Estado y se restringen las libertades religiosas, nos encontramos con el constituyente de 1917 que llevó al extremo las tesis liberales con sus artículos abiertamente anticlericales y con espíritu dictatorial hacia todo lo religioso, que culminó con el conflicto de la persecución de los años veinte promovida por Plutarco Elías Calles. No fue sino hasta las reformas constitucionales de 1992 cuando se recuperó el reconocimiento institucional de las iglesias y demás asociaciones religiosas, y se fortaleció la libertad de cultos. Sin embargo la apertura hacia la plena libertad religiosa sigue siendo un capítulo pendiente.

Una reciente iniciativa para modificar el artículo 24 de la Constitución donde se reconoce la libertad de cultos, ampliando el sentido hacia la verdadera libertad de religión, para que los ciudadanos se puedan expresar abiertamente con sus convicciones religiosas en todos los ámbitos, ha encontrado una especie de contraposición en otra iniciativa para modificar el artículo 40 y añadir que el Estado mexicano es un Estado laico. No hace falta señalar las discusiones en las cámaras llenas de prejuicios e ignorancias sobre el tema que han hecho casi naufragar el intento de incorporar a la Constitución mexicana las exigencias de los acuerdos internacionales sobre la libertad religiosa.

Muy distinta e ilustrativa ha sido la declaración del arzobispo Primado de México, el cardenal Rivera que dio claridad al debate cuando dijo: “En la discusión legislativa que actualmente se realiza en México en torno a las reformas constitucionales de los artículos 24 sobre libertad religiosa y 40 sobre el Estado laico, no puede sino darse una plena coherencia entre ambos postulados ya que al afirmar la laicidad del Estado se reconoce su imparcialidad e independencia delante de las distintas instituciones religiosas, y al afirmar la libertad religiosa se reconoce el derecho de los ciudadanos para vivir y expresarse conforme a sus principios y creencias, a fin de participar conforme a ellas en la construcción del bien común. Una auténtica democracia se funda en la participación de todos los ciudadanos conforme a sus principios, en pleno ejercicio de sus derechos y en el irrenunciable respeto de los derechos de los demás. El Estado laico tiene la capacidad de respetar e impulsar a todos los ciudadanos por igual”.

No hay mucho que añadir, sino más bien mucho que avanzar. La Iglesia católica ha avanzado hace mucho tiempo en su mentalidad hacia la apertura, el diálogo y la tolerancia, actitudes básicas para entender los derechos humanos. Muchas estructuras políticas, entre otras las mexicanas, siguen enredadas en discusiones ideológicas que ya no corresponden al mundo pluralista y de las exigencias jurídicas internacionales sobre los derechos humanos.

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