Filosofía Hoy
La verdad os hará libres
 

Experiencia fuerte con un compañero extranjero

[Texto del artículo]

29 Abril 2014
Categoría: Existencia de Dios
Autor: Julio de la Vega-Hazas Ramírez
Enlace: http://www.fluvium.org/textos/vida/vim01.htm

Se plantea el problema de la existencia de Dios. Aunque de hecho esta cuestión no se puede separar de la que pregunta qué sabemos de Dios; a esta última nos podremos referir en otro momento, y aquí nos limitamos a tratar sobre si hay un Dios. Si nos limitáramos a la cuestión de si la fe nos dice que existe Dios, la exposición se despacharía en tres líneas. Es obvio que es la primera verdad de fe, que sin ella todo lo demás no tendría sentido

 

La vida misma:

      A finales del verano, la madre de Antonio le dijo que alojarían durante el próximo curso a un estudiante extranjero de su edad, 16 años, participante de un programa europeo de estudios. En su habitación quedaba libre una cama desde que en mayo se marchó su hermano a trabajar a otra ciudad. A Antonio le pareció interesante la idea: podría practicar su inglés.

Casi un mes más tarde llegó Billy. Pronto comprobó Antonio que se ajustaba bastante a la idea que se había figurado de antemano: era metódico, ordenado –"un poco allien", comentaba Antonio a sus amigos–, educado, correcto, y frío. De sí mismo no decía casi nada. Antonio pensaba que seguramente era protestante, y que de momento convenía no hablar de religión para no molestar, aunque de vez en cuando decía a su madre: "a éste habrá que convertirle, ¿no?". Por otra parte, no todo eran virtudes en Billy: solía llegar tarde los viernes por la noche y, aunque iba directamente a acostarse sin decir nada, Antonio se daba cuenta de que había bebido más de la cuenta.

     Antonio tenía la costumbre desde niño de rezar algo antes de ir a la cama, pero con Billy delante lo hacía disimuladamente, hasta que un día se decidió a ponerse de rodillas.

       —"¿Qué haces?", preguntó Billy.

       —"Rezar. ¿Tú no rezas alguna vez?"

       —"No".

       —"¿Pero..., qué pasa? ¿No crees tú en Dios?", replicó Antonino.

       —"Yo no lo necesito". La respuesta seca y fría dejó sin réplica a Antonio y se durmió pensando en el asunto.

Al día siguiente, estando estudiando, Antonio volvió a sacar el tema:

       —"Oye, ¿de verdad piensas que Dios no existe?"

       —"Puede que exista o puede que no exista. Importa igual".

       —"Vamos... que en cualquier caso es como si no existiera, ¿no?"

       —"Exacto".

       —"Pero de algún modo explicarás todo esto. Sin Dios no tiene sentido. Se podría demostrar que existe".

       —"Sí, ya conozco lo llamáis pruebas. Pero no llegan a concluir, porque no se pueden verificar. Quedan como hipótesis".

       —"¿Que Dios es una hipótesis...?"

       —"Sí, una hipótesis. Tienes algo que puede deberse a un motivo, o puede deberse a otro motivo. El orden del universo, y todo eso. Puede deberse a Dios, o puede deberse al azar, o a otra cosa. Así piensas que se puede deber a una cosa, y buscas comprobarlo. Pero si no puedes comprobarlo, no hay prueba". Antonio lo intentó por otro lado:

       —"Pero siempre necesitas alguien en quien esperar, en quien poder apoyarte, a quien pedir y rezar".

       —"Pues quien lo necesite, que rece".

       —"¿Tú no?"

       —"No".

     No hubo manera de que Billy cambiara su planteamiento distante y se abriera un poco, por mucho que insistiera Antonio. Este se lanzaba con más ganas a la cuestión ante la autosuficiencia de Billy, pero se sentía poco preparado. Planteó el asunto a varios amigos suyos, que no le dieron muchas esperanzas. Al final uno le dijo:

       —"Sí, ya se ve que tiene muy aprendido el rollo. Mira, ese Billy –o como se llame– será un témpano de hielo, pero seguro que tiene corazón como todo el mundo. Piensa en algo fuerte, que le impresione". A Antonio le gustó el consejo y empezó a madurarlo.

     Poco después había un día de vacaciones. Antonio le pidió a Billy que le acompañara a una gestión importante, y éste, que no tenía nada pensado para ese día, aceptó. Cogieron el autobús hasta las afueras de la ciudad. Se bajaron junto a un edificio, que resultó ser una residencia de subnormales profundos –casi todos niños y jóvenes– atendida por unas monjas. Pasaron varias horas allí, ayudando a comer y a limpiar a los niños, aunque Billy, más que otra cosa, se quedaba con la mirada fija y una expresión de asco. A la salida, Antonio preguntó:

       —"Qué tal".

       —"No pienses que vuelva aquí", respondió Billy secamente.

       —"¿Por...?"

       —"Porque es... –pensó en el término adecuado– repelente".

       —"Se dice repulsivo. Vamos, que no quieres, y ya está". No hubo respuesta.

       —"Mira –atacó Antonio–, eso es lo que a ti te pasa: que no quieres. Te has "montado" tu vida y lo demás es que no quieres verlo. Y te montas esas teorías sobre Dios porque no quieres encontrártelo. Y te pones en plan iceman para que nadie se entrometa, convencerte tú y no enfrentarte contigo mismo".

       —"¡Cállate!", interrumpió Billy.

       —"No, no me callo, y voy a seguir. ¿Y sabes lo que pasa cuando sólo te buscas a ti mismo? Pues que te quedas solo, solo, solo, y llega un momento en que no te aguantas ni a ti mismo, y por eso te vas a beber y vuelves cocido todos los viernes. ¿Sabes lo que te digo? Que me das más pena que todos esos niños subnormales". Siguió un silencio tenso, que no se rompió en todo el viaje de vuelta.

Nada se pierde

     Al llegar a casa, Billy se fue derecho a la habitación y Antonio pensó que sería bueno dejarle solo. Discretamente, Billy echó el pestillo. Antonio se quedó en el salón preocupado, pensando si no habría sido todo "demasiado fuerte" y si "no se habría pasado". Al cabo de algunos días, parecía que se había normalizado la situación. Un día que estaban hablando su madre le dijo a Antonio que había visto cómo Billy, en momentos en que el no estaba presente, había cogido el catecismo y la Biblia de la sala de estar y se la había llevado a su habitación. Antonio sonrió. Semanas atrás había llegado a preguntarse si no iba a conseguir Billy enfriar su propia fe, tan seguro como parecía. Ahora pensaba en cuál podría ser el siguiente paso –además de seguir rezando por el– para conseguir esa conversión.

La falta fe sobrenatural es un problema demasiado complejo para trivializarlo, con antiguos antecedentes históricos y un origen en el individuo que va más allá de la falta de evidencia del objeto de la fe

Interrogantes:

      — ¿La existencia de Dios es evidente? ¿Quiere eso decir que es indemostrable? ¿Puede ser válida una demostración en la que no haya una verificación experimental de la conclusión? ¿Es hipotético todo lo que no es verificable? ¿Por qué? ¿De qué depende la verdad de una demostración? ¿Cómo se podría rebatir la argumentación de Billy? ¿Cómo se denomina su postura? ¿Qué diferencia hay entre el ateísmo teórico y el práctico? ¿Qué es el agnosticismo?

— ¿Puede demostrarse la existencia de Dios a partir de lo creado, por ejemplo del orden del universo? ¿Cómo sería el razonamiento? ¿Cómo se puede rechazar que se deba a otro motivo, por ejemplo el azar? ¿Se puede concluir que sin Dios nada tiene sentido?

— ¿Es concluyente lo que dice Antonio sobre la necesidad subjetiva de alguien en quien creer, esperar o apoyarse? ¿Por qué? ¿Es concluyente algún tipo de razonamiento semejante, como el deseo de felicidad o el que los hombres hayan sentido la necesidad de la divinidad? ¿Por qué? ¿Son útiles en algún sentido estos razonamientos?

— ¿Reconocer la existencia de Dios lleva consigo algún deber? ¿Por qué? ¿Qué es la virtud de la religión?

— ¿La aceptación de que se puede alcanzar a Dios por la razón es un asunto puramente intelectual? ¿Cómo influye la actitud de la persona? ¿Qué disposiciones son necesarias para ello? ¿Es el ateísmo o el agnosticismo culpable? ¿En qué sentido? ¿Se puede apreciar en el caso estudiado?

— ¿Te parece acertada la actuación de Antonio? ¿Por qué? ¿Qué piensas que debería hacer o decir en lo sucesivo?

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 27-43, 2096-2097, 2566.

¿Se puede demostrar la existencia de Dios?           

Así es la vida:

      Se plantea el problema de la existencia de Dios. Aunque de hecho esta cuestión no se puede separar de la que pregunta qué sabemos de Dios; a esta última nos podremos referir en otro momento, y aquí nos limitamos a tratar sobre si hay un Dios.

Si nos limitáramos a la cuestión de si la fe nos dice que existe Dios, la exposición se despacharía en tres líneas. Es obvio que es la primera verdad de fe, que sin ella todo lo demás no tendría sentido –sería una invención humana–, y que basta con abrir cualquier página de la Biblia para comprobar que habla de Dios. Pero lo que se trata de ver es si también se puede afirmar con seguridad que Dios existe sin partir de la fe, o sea, contando sólo con la razón humana. En otras palabras: ¿hay pruebas racionales de la existencia de Dios?; y ¿es razonable el discurso sobre Dios?           

La respuesta a la primera pregunta es que sí, las hay. Y aquí surge una nueva cuestión: si se puede demostrar, ¿por qué no se convence todo el mundo, como sucede con otras demostraciones científicas? Desde siempre se han buscado argumentos irrefutables, que impongan su conclusión sin dejar espacio a la duda. Pero eso es no entender bien la cuestión, pues no es sólo intelectual: es moral. Está en juego el sentido mismo que se le da a la vida, porque reconocer que existe Dios implica el deber de someterse a Él. Si tenemos en cuenta además que se trasciende lo visible, resulta que no es fácil este razonamiento: "de ahí procede que en semejantes materias los hombres se persuadan fácilmente de la falsedad o al menos de la incertidumbre de las cosas que no quisieran que fuesen verdaderas" (Enc. Humani Generis, citada en C.Ig.C., 37).        

Esto se pone de manifiesto en el caso estudiado. Billy es agnóstico. ¿Tiene la culpa de serlo? Puede parecer que no; al fin y al cabo, ¿qué culpa hay en pensar de otro modo, o en no entender o alcanzar un razonamiento? La respuesta nos la da el n. 2128 del C.Ig.C.: "El agnosticismo puede contener a veces una cierta búsqueda de Dios, pero puede igualmente representar un indiferentismo, una huida ante la cuestión última de la existencia, y una pereza de la conciencia moral. El agnosticismo equivale con mucha frecuencia a un ateísmo práctico". Es exactamente lo que ocurre aquí, donde no se ve esa búsqueda –al revés, se rechaza de plano– y sí esa huida, y donde Billy reconoce su ateísmo práctico. Antonio, al principio, sólo ve un problema intelectual, "de ideas", y todo intento de convencer con razonamientos se estrella contra un muro infranqueable. El consejo de su amigo, hablando del corazón y sugiriendo que todo ese planteamiento es una pantalla para proteger su egoísmo, es bien entendido –es un buen consejo– por Antonio, que capta su sentido y obra en consecuencia. Lo que dice a Billy a la vuelta del asilo es cierto, y es lo que debía decirse, aunque mejor si no es tan acaloradamente. ¿No resulta demasiado violento? Un poco sí, aunque posiblemente en este caso la cerrazón de Billy es tal que no habría otro modo de hacer que recapacitara.           

Una vez que se aborda la cuestión con las debidas disposiciones, se pueden encontrar los argumentos buscados, que para ser completamente firmes –subjetivamente, porque objetivamente son pruebas ciertas– necesitan ser reforzados por la fe. Éstos pueden exponerse de una manera más científica –filosófica– o más elemental, pero en cualquier caso consisten en mostrar que el universo carece no sólo de sentido, sino sobre todo de razón de su existencia, sin un Creador que haya dado el ser a los seres y el orden al universo (tomar como causa del orden el azar es sencillamente un absurdo: dar como razón y causa del sentido de la realidad un sinsentido). Son argumentos objetivos, que parten de la realidad. En cambio, los argumentos de tipo subjetivo, a los que también recurre Antonio –"necesitar de alguien" para dar sentido a tu vida, para ser feliz, etc.–, aunque pueden servir para mover a la búsqueda de Dios, no son concluyentes en sí mismos, precisamente por basarse en un sentir subjetivo, que puede ser engañoso. No se puede olvidar, por otra parte, que el deseo de Dios está inscrito en la mente y en el corazón del hombre, que ha sido creado por Dios y para Dios (cfr. C.Ig.C., 27 y 1718). Por tanto, se puede decir que el discurso sobre Dios es razonable porque, aunque Dios supere los condicionamientos del lenguaje humano, la posibilidad de hablar de Dios no es un "sinsentido" (cfr. C.Ig.C, 39-43).

Queda por ver la argumentación de Billy. Aunque no esté ahí el fondo del problema, hay que saber refutarla. Se trata de una postura muy extendida hoy en día: el positivismo; más en concreto, el positivismo empirista. Sostiene que sólo se puede tener por cierto lo que se puede verificar experimentalmente; si no, no se pasa de la hipótesis. Esto es válido en el campo de la ciencia experimental (ciencias empíricas), pero extenderlo a todo el saber es una postura ideológica (no científica): es materialismo, porque sólo se puede verificar lo directamente observable, que es lo sensible, lo material. De partida –no como conclusión– se está negando lo espiritual, incluido ese espíritu que es la razón humana, que puede llegar a una conclusión cierta por sus propios medios, razonando, sin que sea necesario además "verlo". O sea, que, veladamente, parte, de modo injustificado, de lo que se concluye: un autoengaño que puede ser más o menos consciente.

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