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El Matrimonio y la Familia como ícono de la Santisima Trinidad

[Texto del artículo]

09 Mayo 2012
Categoría: Familia
Autor: vidahumana.org
Enlace: http://vidahumana.org/castidad/item/1772-el-matrimonio-y-la-familia-como-%C3%ADcono-de-la-sant%C3%ADsima-trinidad

Al final de nuestra reflexión anterior sobre la teología del cuerpo de Juan Pablo II, dejamos planteada la pregunta de cómo es que el hombre y la mujer, en su dimensión corporal y conyugal, son signos del misterio de Dios, el cual consiste en el hecho de que Dios es una comunidad de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Juan Pablo II responde esta pregunta enseñándonos que Dios ha impreso en la corporeidad sexuada del hombre y la mujer, en la diferencia complementaria que existe entre los dos y en el amor conyugal abierto a la vida al cual Dios mismo los ha llamado en el matrimonio, un reflejo del intercambio de amor divino que existe eternamente entre las personas divinas. El matrimonio auténtico, es decir, la unión de vida y amor entre un hombre y  una mujer, es el fundamento de una comunidad humana de personas, que Dios mismo ha creado e instituido en la naturaleza humana y que se llama familia. La familia, y el matrimonio que es su fundamento, han sido creados e instituidos por Dios. No son el fruto del azar ni de una ciega evolución ni un invento conveniente de la sociedad o del Estado. El matrimonio y la familia son parte fundamental del proyecto de amor de Dios en la historia, que es siempre una historia de salvación. La familia debe reflejar el misterio de amor de Dios. Dios la ha diseñado para ser eso, es decir, para ser un ícono (una imagen), tanto a nivel físico como espiritual, del misterio mismo de Dios. La familia es y está llamada a ser cada vez más, ícono de la Santísima Trinidad.

Expliquemos esto un poquito más. Dios es, en sí mismo, una comunidad de personas divinas, un perenne y eterno intercambio de amor. El Padre ama al Hijo, Quien es eternamente engendrado (en sentido espiritual) por el Padre y es Su imagen perfecta, la Palabra Eterna que contiene todo lo que Dios es. Ese amor entre el Padre y el Hijo es tan perfecto y tan infinito, que es una tercera persona: el Espíritu Santo.

En el matrimonio verdadero, el esposo y la esposa se aman profundamente. Ambos se convierten en don de amor el uno para el otro. Tanto se aman que se entregan totalmente, en cuerpo y alma, el uno al otro. Ese amor está llamado a trascenderse a sí mismo y a fructificar en el don de los hijos. De esa forma surge la comunidad de amor de personas humanas que reflejan la comunidad de amor de personas divinas: la familia.

En este contexto se ve claramente que la concepción que la Iglesia, siguiendo la enseñanza de Dios, tiene de la sexualidad humana y de la procreación, no es una concepción biologista, es decir, reducida a su dimensión biológica. La sexualidad humana y la procreación deben entenderse en su contexto más amplio y profundo, que es un contexto personal. Ello significa que los que están involucrados en el encuentro conyugal, así como el fruto del mismo, al cual ese encuentro debe estar siempre abierto, son personas y las personas son realidades espirituales y corporales al mismo tiempo. De ahí que la sexualidad humana, siempre en su contexto imprescindible del matrimonio, y la procreación, son realidades que deben comportar la dimensión de amor expresada en y a través del cuerpo. El amor conyugal y la vida que de él se deriva son realidades físicas y espirituales inseparables, forman una unidad personal, que debe ser siempre salvaguardada. Por ello es que la procreación no se reduce a traer biológicamente hijos al mundo, sino también a educarlos en el amor a Dios y al prójimo. Y el acto conyugal no se debe reducir a una efusión de pasiones e instintos solamente, sino que su fundamento debe ser el profundo amor espiritual y corporal que los esposos están llamados por Dios a tenerse entre sí.

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