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¿Somos seres particularmente diferentes? De la arrogancia del ser humano y sus paradojas.

[Texto del artículo]

22 Febrero 2014
Categoría: Otros
Autor: Sonia Coronado

Artículo redactado por una de las finalistas del IV concurso Filosofiahoy.com

¿Somos seres particularmente diferentes?
De la arrogancia del ser humano y sus paradojas.

De la dualidad del hombre

Una vez me encontré por casualidad con una imagen de Marina Abromovic, y de una obra realizada por ella titulada “Rhythm 0”. Ésta consistía en un performance donde ella se situó en el centro del salón de una galería de arte, y dispuso 72 objetos para el público, desde rosas hasta una pistola y una bala. Les dijo que ella sería también un objeto para todos, y que se hacía responsable por sus acciones durante seis horas. Al principio, las personas le daban besos o la abrazaban, pero posteriormente, se tornaron agresivos: desgarraron su ropa, la cortaban y bebían su sangre e incluso colocaron la pistola cargada en su mano para ver si sería capaz de apretar el gatillo. Es entonces cuando me pregunté, y cualquiera podría preguntarse: ¿Cómo llegamos a esto? Necesitaremos entonces hacer un recorrido histórico partiendo desde 5 siglos atrás.

De la racionalidad del hombre a partir de la Edad Moderna

Retrocedamos en el tiempo, vayamos al Renacimiento. El hombre se sintió satisfecho de salir de lo que muchos conocen como la época oscura, se potenciaron las ciencias y las artes; tanto así que se dio posteriormente la Ilustración y la Revolución Científica. El ser humano estaba lleno de conocimiento, y estaba ansioso de más; por lo que se forjó el comienzo de la Era Industrial: se dieron nuevos diseños que denominaron altamente tecnológicos, nuevas formas de combatir problemas que acarreaban el mundo; todo estaba marchando bien, porque incluso el ser humano estaba más cómodo que nunca en la historia. ¿Pero, en verdad estaba todo bien?

La idea planteada anteriormente no fue aceptada del todo por sus contemporáneos. Un ejemplo claro fue la expresión de Voltaire, diciendo: “Dejaremos al mundo tan malvado y estúpido como lo encontramos al llegar.” ¿Habíamos avanzado tanto para que a la final, volviéramos al mismo sitio donde empezamos? ¿Habría alguna forma de evitarlo? Entonces paralela a la historia relatada, buscando un sentido a nuestra existencia, Kant decidió definir lo siguiente: el ser humano se caracteriza por su racionalidad, lo cual lo hace libre y autónomo. Resultó que el ser seres racionales no era únicamente para explicar y explorar los aspectos del mundo y de lo que nos rodea, para encontrar nuevas formas de producción; sino que también teníamos responsabilidades que cumplir. Derechos a cambio de deberes.

Pero a pesar de las advertencias que vienen desde hace tres siglos, ¿estamos cumpliendo con la responsabilidad ligada a la racionalidad que poseemos? Mi posición respecto a esta pregunta es que hemos insistido en evadirla. Ahora, esto condujo a que en la actualidad somos casi incapaces de diferenciarnos con nuestro entorno, y sobretodo,  a cumplir el deseo que ha tenido el hombre por muchos siglos: probarse que es, además, superior a todos.

En el siguiente trabajo expondré cómo las diferencias que tanto presume el ser humano con respecto a las máquinas, los animales y las plagas; han dejado de existir. Como consecuencia, el hombre ha llegado a parecerse a éstas más que nunca en la historia.

Del ser humano y las máquinas

El primer punto que quiero establecer es la diferencia que existe entre el ser humano y una máquina. Empleamos nuestra razón para crear las máquinas y para que siguieran cierto orden, pero también trazamos su mismo plan para nuestras vidas; y la rutina de la industria pasó de ser la viva prueba de la racionalidad del hombre a ser quien le exija perderla.  En otras palabras, al nosotros trabajar al mismo ritmo que éstas, debimos cumplir sus mismas reglas: seguir instrucciones sin preguntar el porqué. Lo anterior provocó casi simultáneamente la uniformidad de los seres humanos, puesto que todos cumplían dichas órdenes. Esto se tradujó entonces en una pérdida de autenticidad que conllevó a una falta de decisión, a atrofiar la libertad; un frenador para la racionalidad. No estamos ahora logrando alcanzar la madurez definida por Kant, porque no tenemos el valor de valernos de nuestro propio conocimiento, y por ello nos dejamos a disposición de los demás. El largometraje realizado por Charles Chaplin o el filme Metrópolis hecho por Fritz Lang son un gran ejemplo para evidenciar como los obreros deben trabajar y vivr al mismo ritmo de las máquinas: realizar acciones de la misma forma constantemente.

Ahora, es importante resaltar como dicha pérdida de autenticidad no es motivo de sentimiento de víctima y lástima. El ser humano muchas veces se ha armado con el argumento de que realizó determinado acto por decisiones impuestas para así huir de sus consecuencias. Un claro ejemplo de esta situación es el experimento de Stanley Milgram titulado “El peligro de la obediencia”, donde evaluó hasta que punto el hombre puede hacerle daño a otro por obedecer instrucciones. El participante debía emplear una descarga eléctrica a un cómplice sentado en una silla eléctrica en otro salón cada vez que se equivocara en dar una respuesta a determinada pregunta. El voltaje oscilaba entre los 15 voltios y 450 voltios, y ningún participante se negó rotundamente a continuar el procedimiento sino a partir de los 300 voltios, cuando el cómplice empezaba a convulsionar. Sin embargo, más impresionante es que el 65% de un total de 40 hombres continuaron hasta la descarga mortal de 450 voltios, afirmando a su vez que no se harían responsables de las consecuencias. Para cerrar este aspecto, quiero establecer que la falta de libertad que hemos permitido que otros nos impongan, nos deja de distinguir como seres racionales y por ende como seres humanos; sin ninguna distinción inmaterial de los seres máquinas.

Del ser humano y los animales

Es interesante también examinar el experimento de Milgram desde el segundo punto que quiero establecer: la diferencia entre un ser humano y un animal. ¿Cómo es posible que seamos capaces de hacerle daño a un igual a nosotros, a otro ser humano? La respuesta aquí es que estamos en presencia de una pregunta compleja puesto que a pesar de que hemos insistido desde hace muchos siglos en la necesidad de ser iguales frente a la ley, esto no ha dejado de ser un simple ideal. En la realidad, estamos en presencia de seres humanos con más poderío que otros, y que por ende, se han llegado a sentir y considerar superiores. Pero para entender esto, habría que retroceder un poco en el tiempo y llegar a Darwin y la teoría de la evolución. A partir de ésta, se concluyó que la supervivencia estaba ligada a la adaptación y la fortaleza, siendo que el desarrollar aleatoriamente características favorables o desfavorables determinarían el vivir o no de un individuo. Al fin y al cabo, no había alimentos para la subsistencia de toda la especie, y solo los más fuertes podrían quedarse con ellos. Se dio entonces la explicación de cómo habíamos evolucionado desde los monos hasta ser homo sapiens sapiens, y de cómo las demás especies habían evolucionado de la misma forma. Sin embargo, una teoría biológica paso a ser sociológica, y se creó el Darwinismo social, donde se explica que la supervivencia del más apto se da también entre los hombres, donde aquellos que pueden adaptarse de mejor manera a la sociedad en la que viven son los que están en los puestos superiores de las jerarquías.

Toda este planteamiento genera controversia con la idea planteada de ser seres racionales, libres y autónomos. Si somos capaces de tomar decisiones que determinen nuestro curso, ¿por qué nos regimos bajo una teoría, que cabe aclarar es de un ser humano, para justificar el egoísmo, salvajismo e individualismo en nuestras acciones?  ¿Tendremos la necesidad inevitable de actuar por nuestros instintos? ¿O de usar negativamente el raciocinio que poseemos para nuestro beneficio? La respuesta es no, porque nosotros estamos en el deber de cumplir con nuestra racionalidad, debemos ser autónomos e independientes a nuestros impulsos; no desligarlos, sino controlarlos. También debemos entender que hacemos parte de un mundo donde todo es cíclico, y que lo que pensamos es un beneficio a corto plazo para nosotros al dañar lo que nos rodea, es un daño que se va devolviendo periódicamente. Si no asumimos esta posición, ¿qué diferencia al ser humano de los animales? La brecha ahora parece un poco difusa.

Del ser humano y las plagas

Quisiera señalar solo una cuestión más, y creo que es la más controversial y triste de todas: la diferencia entre el ser humano y una plaga. Ésta posee entre sus principales características el daño a poblaciones, infortunio y pesar. ¿Hemos llegado a tener estas propiedades para el mundo y los demás seres vivos? Es oportuno entonces mencionar nuestras guerras, que han estado presentes en toda la historia; pero es importante resaltar que en el pasado próximo, donde se dieron las guerras mundiales, se han dado los mayores daños a los seres ajenos a éstas. La radiación que se extiende por el mundo con las bomba atómicas lanzadas sobre Japón, el excesivo uso del petróleo para la creación de armas bélicas, el talar árboles para la construcción de mayores áreas urbanas para aumentar la capacidad de mano de obra; todo esto ha provocado una damnificación tan grande e incalculable, que debieron surgir ecologistas para hacernos concientes de que estamos destruyendo nuestro mundo.

¿Qué paso entonces con nuestra racionalidad? Nuevamente la empleados para hechos negativos por sentirnos ajenos al mundo en el que estamos, y que por lo cual no sentimos que tengamos responsabilidad o respeto con éste. Si la naturaleza tuviera voz y palabra diría que somos su infortunio y pesar, entonces ¿qué nos diferencia de las plagas? Resulta difícil saber.

Reasumiendo la responsabilidad de nuestro raciocinio

Antes de finalizar, quiero que reflexionemos sobre dos aspectos, empezando por las implicaciones que tenemos al ser humanos. Tenemos la capacidad de ser racionales, pero no por eso lo somos. Así como la hiena desarrolla el correr, el delfín el nadar, nosotros debemos desarrollar esta capacidad, porque solamente es potencial en nuestro ser. Lo siguiente es que no tengamos miedo de aceptarnos como parte de un mundo, no su centro. No creamos que el poseer distintas características nos hace superiores o inferiores a los otros seres, solo nos hace diferentes siempre y cuando las desarrollemos. Además, el hecho de que la teoría de evolución, altamente aceptada, dicte un cambio en las propiedades de un individuo, no quiere decir que sean mejores o peores; solo establece un cambio para adaptarse al momento, solo a ese. Luego, me queda únicamente por recordar la importancia de entender que no somos esclavos de nuestro raciocinio, y que es hora de retomar el dominio que tenemos sobre él; para así pensar y actuar de una mejor manera.

Sonia Coronado.

Imagen de la web Filosofía Hoy

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